Ojos de niña

Por Juan Antonio López García

Josefa doblaba la espalda dejando caer su cuerpo sobre el bastón. Delgada y firme, temerosa y certera caminaba a cortos pasitos cruzando la amplia acera. Tenues hebras grises cruzaban el terciopelo de su cara sombreando levemente los ojos azules, vidriosos, tristes y expectantes. Ausente y lenta, como una ligera mariposa de color negro, avanza perdida o ignorada entre los que corren, más que andan, por la calle. Su tiempo quedó atrás y ahora solo le acompañan sus recuerdos, le acompañan sus recuerdos y el más pequeño de sus nietos, de vez en cuando.

Desde la boca del edificio en ladrillo rojo y mármol ‘travertino’ beige se perciben levemente, suaves como sus pasos, el silencio dorado de la soledad y el mullido ambiente del descanso, amparo acogedor. El niño que arrastrando la maleta golpetea las baldosas con las minúsculas ruedas, anda rápido. Cuando la abuela contempla, entre desolada y absorta, la puerta siente el calor de la tierna mano agarrando a la suya y oye el dulce timbre de la voz infantil que le pregunta «¿Entramos?». Mira con ternura la cabecita rubia que le sonríe, entre la luz turbia que atraviesa la lágrima que escapa de su ojo y el brillo de su corazón que evoca el pasado. Avanza golpeando el suelo con la suavidad de la condolencia por los recatonazos, traspasa el umbral y se detiene, suspira, inspira con profundidad, cierra los ojos y, parada, contempla las imágenes de sus recuerdos.

Inmóvil y rígida como clérigo estribado en la misericordia respiraba lenta, ausente y con semblante feliz, «!Fue hace tantos! Tantos años han pasado que no soy capaz de identificar lo cierto entre lo imaginado, lo deseado entre lo poseído. Yo ya no soy esa que fui, ya no puedo correr por pasillos ni danzar de un lado a otro entre huéspedes que pululan por salones… Ni éste es el lugar ni yo soy aquella.

«¿Qué nos mueve a detener el tiempo entre los recuerdos? Nuestra mente, estática, a saltos nos traslada a instantes diferentes y cuando, brusca, se presenta una realidad lejana se rompe la ilusión de volver a vivir un gozo pasado. Implacable, la línea vital rasga el espejismo de los sueños y surge lo vivido.

«¡Tanto vivido! Un álbum de experiencias aderezadas con tristezas y alegrías, un sinfín de vivencias anheladas o sobrevenidas. ¿He vivido la historia o en la historia? ¿A quién puede importarle mis recuerdos, mi visión de la realidad? Casi un siglo de vida para no saber… »

-Abuela, ¿qué te ocurre?

Limpió las gotas de nostalgia que corrían por sus mejillas, sonrió y acarició los dorados cabellos del nieto.

-Nada, que todo ha cambiado tan rápido… -inhaló con fuerza la realidad que la envolvía apretando contra sí el frágil cuerpo del niño y los rescoldos de su niñez-. Nada…, tal vez yo nunca he deseado crecer; tal vez, ahora, solo deseo ser la niña que fui… Perdóname, soy egoísta. Recordaba cuando estuve por vez primera en este balneario.

-Abuela, por eso hemos venido, siempre lo has contado.

-Sí cariño, por eso hemos venido… Pero los ojos de niña me han engañado.

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